El primer día del resto de mi vida

Una de las cosas sencillas, fundamentales y a la vez incontrastables en la vida de todo ser humano constituye el hecho que día a día cada instante se sustenta en decisiones, las que pueden ser o parecer pequeñas o grandes, pero van marcando el camino trazado para cada uno, en la búsqueda de sus propios objetivos, sean estos los que fueren desde el punto de vista del ejercicio de su libertad de elección, así como del cumplimiento de su labor frente a sus semejantes y a su Creador.

De otro lado, en general los seres humanos  -aunque no siempre con la misma intensidad- tienen desde el momento en que toman contacto con la realidad interna y externa, un deseo que resulta hasta cierto punto inexplicable, de encontrar la razón de su existencia, su papel en esta vida, y en definitiva el acercamiento hacia un ser superior a él, que quizá desde un punto de vista sociológico o psicológico pueda tener una serie de explicaciones, pero en rigor, constituyen la prueba de la posesión de un alma en su interior.

Desde mi experiencia personal, intuyo que una de las calificaciones que podría atribuirme a mi mismo es la de “buscador”; puesto que desde mucho tiempo atrás y mas allá de mis características de personalidad o de mi experiencia de vida previa (o quizá gracias a ellas) he dedicado parte de mis pensamientos y percepciones, a la búsqueda de algo más que simplemente la cotidianeidad de la vida, sino aquélla sensación difícil de definir, pero quizá fácil de compartir, que a partir de mi nacimiento como Masón podría aseverar ya mas allá de un pensamiento de tipo intuitivo, sino con una certeza similar a la existencia del bien y del mal, que siempre estuve en la búsqueda de la libertad, la verdad y la luz. Tres palabras que, sospecho, encierran todo lo que un ser humano debe aspirar como obligación consigo mismo, con su Creador, y con sus semejantes.

Es curioso como estas tres palabras, tan comunes y utilizadas constituyan metas tan codiciadas y a la vez difíciles de alcanzar, al punto tal que muchas personas terminan perdiéndose cuando deciden emprender el camino hacia su búsqueda.

El día de mi nacimiento como aprendiz masón tome conciencia que por fin había logrado después de mucho caminar, alguna veces en la dirección adecuada, otras mas simplemente en círculos, encontrar el sendero que siempre estuve buscando, que me conduciría a mi “despertar”, a mi crecimiento como ser humano, no solo por la obligación para consigo mismo de ser lo mejor que uno pueda ser, sino para poder ser instrumento eficiente respecto del prójimo, y poder alcanzar lo que en definitiva sospecho de uno u otro modo, constituye una meta en si misma -mas allá del tiempo y del espacio- que es el amor y la fraternidad entre las existencias.

Sin embargo, como si aquélla sensación de paz interior que sólo es posible experimentar cuando, luego de atravesar aguas turbulentas se divisa un faro de luz indicando la cercanía de un puerto seguro, no fuera suficiente motivo de júbilo, la iniciación a la vida masónica representa un sentimiento y luego un conocimiento certero, que me ha sido otorgado el privilegio de avanzar por este camino -que sin duda constituye una experiencia personal, íntima e intransferible- en compañía de mis hermanos masones.

Hace algunos años atrás leí en uno de mis primeros contactos con el Internet, la fábula de un león huérfano que había sido adoptado por un rebaño de ovejas, y que teniendo a dichos animales como modelo se comportaba y pensaba como uno más de dicho grupo, hasta que el encuentro casual -si es que cabe el término- con un león que andaba en búsqueda de comida, le permitió abrir los ojos y tomar conciencia con mucho esfuerzo, de su verdadera naturaleza. Así es como también podría describir la iniciación en la masonería, como el reconocimiento de aquélla naturaleza diferente que uno sospecha en el lugar mas íntimo de su ser, tener, pero que nunca se atreve a admitir ni aceptar ante si mismo, pero que ahora en contacto con sus iguales puede finalmente “comprender”.

 

 

V:. de Lima, 03 de Febrero de 2003

Q:.H:. Miguel de Pomar